Huérfana becada por el Fondo de Becas en Aragón

Todo comenzó en un mal día. Nuestro horizonte de niños se hizo gris y la vida sin futuro, cuando la barbarie y la sinrazón se cebó con nuestra familia, arrebatándonos lo más importante: la madre. A pesar de nuestra corta edad, pronto supimos que ella no iba a volver nunca. Y ese hecho tan cruel, nos dejó terriblemente marcados. Pero, si nosotros quedábamos privados de su amor y su presencia, otros corazones sufrían a la par con angustia desmedida. Eran nuestros abuelos, que también perdían a la hija de su corazón. El dolor y la desesperación hizo que tardaran en encontrar el norte y recuperar un mínimo de fuerza para vivir. Siempre he pensado que ellos se mantenían en pie a duras penas, porque sabían que eran nuestro único asidero. O sea, vivían en nosotros y solo por nosotros. Por eso, no serán suficientes todos los años que nos queden en este mundo, para poder agradecerles ese doble papel que les tocó asumir, de abuelos y de padres. A la tremenda desgracia, se añadía la precariedad económica que nos cercaba. Durante años que prefiero no recordar, la lucha de nuestra familia fue titánica en todos los sentidos. Pero nuestros abuelos siempre sorteaban las dificultades a base de amor. Un amor con tintes amargos y con muy escasos recursos, pero amor al fin y al cabo, que es lo más importante que necesita un niño para crecer.
Así nos pasaba el tiempo. Y un buen día, ¡bendito día!, como sol que viene anunciando la primavera, nos llovieron de algún cielo unos contactos providenciales. A través de la Trabajadora Social, la Fundación Mujeres llegaba a nuestras vidas. No sabíamos de su existencia, pero pronto pudimos comprobar todo el bien que eran capaces de hacer. Aunque en aquel momento mis hermanos ya eran algo mayores, yo me encontraba finalizando el Bachillerato y, por falta de medios, se me cerraban las puertas para seguir estudiando. Nos citaron en Madrid. Un sorprendente y emotivo primer encuentro que se regó con infinitas lágrimas de agradecimiento y esperanza. Lágrimas que sellaron una relación de amistad sana y profunda con el resto de las familias que, como la nuestra, se iban a ver beneficiadas por un Fondo de Becas gestionado por la Fundación. Y, sí, gracias a ellos he podido llevar a cabo mi sueño de sacar adelante una carrera en Zaragoza. Gracias a ellos, en mi horizonte ya sale algún sol. Gracias a ellos, en los labios de mis abuelos se perfila alguna tímida sonrisa. Por eso, no puedo expresar con palabras lo que ha supuesto para mí, para todos, esta maravillosa ayuda que nos están proporcionando. El nombre de Soledad Cazorla Prieto, bordará eternamente nuestros corazones. Allí donde ella esté, podrá contemplar la gratitud que sentimos por esa obra que dejó en marcha, y que sirve para abrirnos puertas que se nos presentaban cerradas a algunos. Allí donde ella esté, se habrá fundido en un gran abrazo con nuestra madre, y con tantas madres cuya vida segó la tan temida e incontrolada violencia.
Esa es mi experiencia hasta aquí. Me queda camino por recorrer, y trataré de aprovechar la oportunidad que me han brindado. Porque, ante esa barbarie que nos arrebató lo más grande, y que el mundo no consigue detener, surgen personas y entidades, como la Fundación Mujeres, sembrando consuelo, esperanza, futuros sin precio. ¡Ojalá reciban todas las ayudas necesarias para que puedan seguir con esta maravillosa labor, y para que, familias como la mía, encuentren en ellos el apoyo que se precisa en momentos tan terribles y oscuros! ¡Y ojalá (lo deseamos desde lo más profundo), cese algún día la violencia en todos sus ámbitos y sentidos, y se acabe tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta desesperación como provoca! ¡Demasiadas personas lo sabemos, por desgracia! Una y mil veces, con gran emoción, quiero manifestar nuestro profundo agradecimiento. Y dejo este testimonio que, aunque quizá no haya encontrado todas las expresiones merecidas, está escrito con todo mi corazón